Autismo, burnout y la postproducción.
- Daniel Bañuelos

- hace 20 minutos
- 6 Min. de lectura

Durante el último año este blog ha sido un espacio para hablar de workflows, procesos, errores técnicos, decisiones de color, flujos de trabajo y nerdadas varias que, honestamente, disfruto mucho escribir. Me gusta pensar en sistemas, en estructuras, en cómo hacer que las cosas funcionen mejor. Pero hoy no quiero hablar de nada de eso.
Hoy quiero hablar de mi.
Quiero hablar de una experiencia personal que viví con bastante intensidad durante el último año, pero que sé que no es aislada. Sé que no me pasa solo a mí. Y sé que, en esta industria, muchas veces estas conversaciones se quedan fuera porque incomodan, porque no “venden”, o porque no encajan en la narrativa romántica del sacrificio creativo.
Tengo ya un par de años con un diagnóstico de neurodivergencia, particularmente autismo. Fue un diagnóstico tardío. No me gusta hablar de niveles ni de “grados de funcionamiento”, porque esas etiquetas rara vez ayudan a entender a una persona real. Basta decir que nunca fue una limitante grave en mi vida. Estudié, trabajé, crecí profesionalmente, hice carrera. Pero desde siempre tuve la sensación constante de que mi forma de existir en el mundo no era exactamente la misma que la de la mayoría de las personas a mi alrededor.
Durante mucho tiempo no tuve palabras para eso. Solo sabía que me cansaba distinto. Que me abrumaba distinto. Que ciertas dinámicas que parecían naturales para otros, para mí requerían un esfuerzo consciente.
Paradójicamente, en algunas áreas de esta industria, y particularmente en la postproducción, esa diferencia terminó siendo una ventaja.
Con el paso de los años, he conocido a muchísimxs colegas en post que también son neurodivergentes, muchxs de ellxs con diagnósticos similares. No porque la post sea “para autistas”, sino porque existe cierta afinidad natural con algunos rasgos que suelen estar asociados: el hiperfoco, la facilidad para el pensamiento lógico, la tolerancia al trabajo repetitivo, el gusto por los sistemas, la capacidad de pasar horas concentrado en un problema técnico sin perder interés.
En mi caso, encontré ahí una zona de confort. Un espacio donde mi forma de trabajar tenía sentido. Donde no tenía que forzarme tanto. Donde podía ser eficiente sin actuar.
Eso no quiere decir que todo haya sido perfecto. Ni mucho menos.
Desde muy joven, una de las cosas que aprendí a hacer fue “hacerme pasar” por neurotípico (el masking que le dicen). A veces de forma consciente, pero la mayoría del tiempo como un reflejo automático. Un mecanismo de adaptación. Una forma de sobrevivir socialmente y de ser más cómodo para los demás, sobre todo en entornos profesionales.
Fuera del trabajo, con mis amigos, con mi gente cercana, esto casi nunca fue un problema. A muchos de ellos mi diagnóstico no les sorprendió en absoluto cuando lo compartí. Para ellos, simplemente explicaba cosas que ya conocían de mí.
En espacios laborales, en cambio, casi siempre he preferido no decir nada.
No por vergüenza ni por miedo, sino porque conozco demasiado bien las respuestas que suelen aparecer: “No se te nota”, “todos somos un poco autistas”, “eso es un superpoder”, “qué padre que seas diferente”. Comentarios que rara vez vienen desde la mala intención, pero que terminan borrando la complejidad real de lo que implica vivir y trabajar así.
Porque la realidad es mucho menos romántica.
La mayoría de los espacios profesionales en nuestra industria están diseñados por personas neurotípicas y para personas neurotípicas. No por maldad. Simplemente porque son quienes han estado históricamente en posiciones de poder y toma de decisiones. Y cuando diseñas desde tu experiencia, asumes que esa experiencia es universal.
Cuántas veces me he tenido que forzar a mantener contacto visual en entrevistas, juntas o reuniones con clientes porque, si no lo hago, aparecen comentarios como “no pone atención”, “es grosero”, “se ve desinteresado”. Cuántas veces he tenido que corregir de forma consciente mi postura, mis gestos, mi tono, para no ser leído de una forma que no corresponde con lo que realmente estoy pensando o sintiendo.
Lo mismo pasa con la comunicación.
Muchas personas autistas tendemos a tomar las cosas de forma literal. No porque seamos “ingenuos”, sino porque procesamos el lenguaje priorizando su contenido explícito. En una industria donde la retroalimentación suele ser ambigua, indirecta o cargada de subtexto, esto se convierte en un campo minado.
Si alguien me dice: “Necesito que el color del fondo y de la chamarra sean iguales”, yo voy a hacer todo lo posible por igualarlos lo más exactamente posible. Voy a medir valores, voy a meterle un color compressor, voy a empatar los valores RGB pixel por pixel, aunque eso haga que la chamarra prácticamente desaparezca en el fondo. Porque eso fue lo que se me pidió.
Después vendrá el “bueno, no así”, “era obvio”, “tú sabes a qué me refería”.
Para mí, no era obvio.
Y en ese punto, la carga de la comunicación deja de estar en quien da la instrucción con claridad, y pasa completamente a quien tiene que interpretar.
Eso no solo ocurre con el lenguaje técnico. Ocurre con todo.
Con las jerarquías implícitas. Con los silencios. Con los acuerdos no dichos. Con frases como “a esta persona no le gusta que la corrijan, mejor arréglalo sin que se entere”. Con situaciones donde te piden tu opinión, pero en realidad esperan que confirmes que todo está bien, no que seas honesto.
Decir la verdad puede ser leído como rudeza. Como falta de tacto. Como conflictivo.
Y entonces aprendes a quedarte callado.
Aprendes a maquillar. A suavizar. A caminar de puntitas y darle la vuelta.
Aprendes a traducirte constantemente.
A eso se suma otro elemento central de nuestra industria: el networking.
La idea, casi dogmática, de que la siguiente chamba no llega por tu portafolio o reel, sino por tus relaciones.
Yo tengo muchos amigos y amigas que conocí en sets, proyectos y producciones. Gente a la que quiero y respeto profundamente. Pero en mi cabeza nunca ha funcionado bien la lógica de construir una relación con el objetivo explícito de obtener algo después. Me cuesta entenderla. Me incomoda practicarla.
Para mí, una relación es una relación. No un instrumento.
Sin embargo, el sistema espera que inviertas energía en mostrarte accesible, presentable, simpático, interesante, con personas con las que muchas veces no compartes casi nada, más allá del proyecto del momento. Y esa energía, para alguien neurodivergente, no es infinita.
Se gasta, se drena y se agota.
Todo esto, durante el último año, me llevó a un estado de burnout profundo. No necesariamente por trabajar más horas que otros (eso, tristemente, ya es parte del “estándar” en esta industria) sino porque cada día de trabajo implicaba dos jornadas: la laboral y la emocional.
Trabajar y actuar.
Resolver y adaptarme.
Llegó un punto en el que estaba exhausto no por editar, supervisar o coordinar, sino por sostener una versión de mí mismo que no era natural.
Eso no significa que quiera dejar esta industria. Todo lo contrario. Me sigue apasionando. Me sigue emocionando. Me sigue importando profundamente. Pero sí significa que he tenido que empezar a ser mucho más selectivo con los espacios y proyectos en los que participo.
No todo vale la pena y no todo costo es justificable.
Cuidar la salud mental y física no es un lujo. Es una condición para seguir existiendo profesionalmente.
Al mismo tiempo, siento cada vez más claro que no basta con adaptarse individualmente. Que también necesitamos transformar, aunque sea poco a poco, la forma en la que organizamos nuestros proyectos, especialmente en postproducción, para que sean más incluyentes.
No hablo de “tratos especiales”. Hablo de diseño consciente.
Control de estímulos sensoriales en los sets y los espacios de post, de entrada.
Planeación real, no reactiva. Porque la mayoría de las “emergencias” vienen de decisiones mal planeadas en preproducción o rodaje.
Respeto por los tiempos y los planes. No, no siempre puedo sumarme a una junta de emergencia si ya estructuré mi día. Romper eso puede desestabilizarme por completo. Aprende a comunicar tus ideas por escrito para no tener que hacer una junta que bien pudo ser un correo.
Comunicación clara. Mensajes pensados. Revisados. Contextualizados. No asumir que todos entendemos las mismas reglas implícitas.
Y, sobre todo, una cultura que no castigue la diferencia.
Si de verdad creemos que el autismo “es un superpoder”, entonces construyamos entornos donde ese supuesto poder no venga acompañado de desgaste crónico.
Estos procesos incomodan. Siempre incomodan. Porque cuestionan privilegios, hábitos y formas de trabajo que benefician a quienes ya están cómodos. Pero no son modas. No son exageraciones. Son temas de justicia social y de dignidad laboral.
Sé que un post no va a cambiar la industria, no soy ingenuo.
Pero si al menos una persona neurodivergente lee esto y se siente vista, comprendida, reflejada, entonces valió la pena escribirlo.
No estás solx. No es tu culpa sentirte abrumadx. No estás fallando.
Estás sobreviviendo en sistemas que no fueron pensados para nosotrxs.
Existimos y resistimos.




Comentarios