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Autismo, burnout y la postproducción.

  • Foto del escritor: Daniel Bañuelos
    Daniel Bañuelos
  • 3 feb
  • 2 Min. de lectura

Actualizado: 24 abr


Durante el último año, este blog ha sido mi zona segura. Un lugar para hablar de workflows, de por qué ese pipeline de color se rompió, de estructuras y de esas nerdadas que, honestamente, me mantienen cuerdo. Me gusta que las cosas tengan un orden lógico. Me gusta pensar en sistemas.


Pero hoy no hay tutorial. Hoy quiero hablar de algo que no se arregla con una versión 21.0.3.


Tengo un diagnóstico tardío de autismo. Y aunque nunca me impidió estudiar o crecer profesionalmente, siempre supe que mi "sistema operativo" procesaba el mundo en una frecuencia distinta.


La paradoja de la postproducción

En esta industria, ser neurodivergente es casi un cliché. El hiperfoco, la capacidad de ver ese píxel muerto que nadie más nota, el gusto por las tareas repetitivas que a otros les queman el cerebro... Todo eso nos hace "valiosos". La post es, en muchos sentidos, un refugio para nosotros.


El problema es que el refugio tiene una renta carísima: el masking.

Durante años, aprendí a actuar como alguien neurotípico. A forzar el contacto visual en las juntas aunque me distrajera de lo que se estaba diciendo. A modular mi voz para no sonar "demasiado plano" o "demasiado intenso". A sobrevivir socialmente siendo "cómodo" para los demás.


En el trabajo, prefiero no decir nada. No por miedo, sino por pereza de escuchar el típico: "Pero si no se te nota" o "Todos somos un poco autistas". (Spoiler: No, no lo somos. Y no, no es un superpoder si el costo es un burnout que te deja en cama tres días).


El ruido en la comunicación

El problema real aparece cuando el subtexto le gana a la claridad. Si un cliente me dice: "Necesito que el fondo y la chamarra sean iguales", mi cerebro busca el empate exacto de valores RGB. Para mí es una instrucción técnica. Para ellos, era una sugerencia estética.


Luego viene el "era obvio".


En nuestra industria, la "obviedad" es un campo minado. Las jerarquías implícitas, los silencios corporativos, el networking forzado donde tienes que ser "simpático" para conseguir la siguiente chamba... Todo eso drena una energía que no es infinita.


¿A dónde voy con esto?

Este año toqué fondo. No por el volumen de trabajo (que ya es bastante), sino por el agotamiento de sostener una versión de mí mismo que no es natural. Una jornada doble: la técnica y la actoral.


No voy a dejar la postproducción, me apasiona demasiado. Pero sí voy a dejar de aceptar que el costo de trabajar sea mi salud mental.


Necesitamos dejar de pedir "tratos especiales" y empezar a pedir diseño consciente:


  • Menos juntas que pudieron ser un correo.

  • Menos comunicación ambigua y más instrucciones directas.

  • Respeto por los tiempos (si ya estructuré mi día, una "emergencia" no planeada es un ataque a mi estabilidad).


Si estás leyendo esto y te sientes exhausto de "traducirte" constantemente para encajar: no estás solo. No estás fallando. Estás sobreviviendo en un sistema que no fue diseñado para nosotros.


Existimos y, sobre todo, resistimos.

 
 
 

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©2025 Daniel Bañuelos

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